martes, 31 de marzo de 2009

El pueblo doliente

Por: Eduardo Lastra D.

En diferentes versiones e interpretaciones cada Semana Santa volvemos a ver la pasión de Cristo, con menos o más sangre que la presentada por Mel Gibson en su taquillera película.

Al final de cuentas, vemos que siempre todo el dolor y el sufrimiento se concentra en el más débil e inocente; mientras que todo el aparataje del poder genera y defiende los beneficios de los que saben como sacarle la vuelta al sistema. O mejor dicho, crear el sistema que más les beneficie.

De manera similar, en lo referente a quiénes debemos cargar la cruz del financiamiento del costo de los servicios públicos, constatamos que siempre somos – paradójicamente - los sectores de menos ingresos y de menos fortuna.

Las grandes empresas tienen a su disposición los mejores asesores y defensores, tanto para hacer los lobbies políticos y administrativos, como para aprovechar los resquicios de las leyes que les puedan favorecer. En algo la denominada “responsabilidad social corporativa” y la “gestión ética” busca contrapesar esta situación, pero su avance es lento.

Los funcionarios públicos sienten que los puestos que ocupan son privilegios que no tienen ninguna contrapartida, por lo que los ciudadanos que se acercan a ellos en busca de orientación salen, por lo general, más confundidos y por lo tanto con frustraciones contenidas. La mentalidad de la gerencia pública que vea al ciudadano como cliente a satisfacer, todavía está en ciernes.

Los legisladores, llamados padres de la Patria, para no desentonar con el clima de paternidad desnaturalizada, no demuestran hasta la fecha (salvo muy contadas excepciones) una verdadera responsabilidad de servicio al país; puesto que las leyes que producen no contribuyen a solucionar los problemas endémicos de la sociedad, y lo que sí es frecuente son las defensas de intereses particulares, graficado en la escandalosa defensa de sus remuneraciones ostentosas. La política vista como oportunidad y medio de servir parece utopía.

Si de cumplimiento de leyes podemos hablar, es para comprobar que la que sí se cumple es la “ley del embudo”, que dice: “lo ancho para los vivos y lo angosto para los tontos” (o algo parecido). Y claro que sabemos quienes tienen el látigo y qué espaldas reciben los azotes... siempre.

Parece pues, que al pueblo todos los días y cada Semana Santa, no le queda más que levantar la vista al Cielo y exclamar “Señor por qué me haz abandonado”.

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